Recital del guitarrista ruso Dmitry Nilov en el salón de actos del Museo de la guitarra. Sábado 27 de septiembre a las 19:30 h. Entrada libre.
También se podrá disfrutar del toque de José Cristobal Puertas y dos de sus alumnos aventajados del Conservatorio de El Ejido y se presentará una guitarra fabricada en Almería por el luthier Pavel Gavryusahov, también ruso.

El grupo Indalofoto decepciona en el Arqueológico

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Incautos como uno la tarde del sábado 20 de septiembre

Hay que esperarse al 5 de octubre, que es cuando está anunciado que acabe la exposición ‘Nuestros pueblos, el patrimonio almeriense a través de la imagen’ que estos días se puede ver en el Arqueológico. No vaya, avisado queda. Del 9 de septiembre al 5 de octubre estará expuesta esta más que prescindible muestra del grupo Indalofoto. Si va, si van, podrán ver fotos muy bien hechas, pero que no dicen absolutamente nada. Fotos que ni siquiera llegan a ser estéticas. Hay cinco fotografías de Anna Michelson algo estimulantes. Son fotografías guardadas en bolsas transparentes que han sido como desenterradas por la autora que las sostiene con una mano mientras con la otra fotografía las fotografías que contienen en su interior y que son detalles, esquinas o vestigios de algún pueblo. El resultado es un poco como la cabecera de ‘Twin Peaks’. No hay mucho más. La exposición es decepcionante. Aunque se acuda atraído por nombres tan sugerentes para los que los seguimos en Flickr.com como Alberto Bascuñana, Alfredo Romero o Maribel Martinez Almurabi. Lo que hay colgado en las paredes del Arqueológico muestra el trabajo de un grupo de amigos que se ha reunido para viajar/fotografiar e imagino que comer a lo largo de escapadas de fines de semana por la provincia, pero a los que las musas no se les aparecieron ni una sola vez en esas escapadas por la provincia. Miguel Ángel Pérez Er Juli lo intenta con perspectivas impresionables del santuario de la Virgen de la Cabeza de Monteagud pero no llega. Y así, una tras otra, cada fotografía va desvelando un esfuerzo tan titánico como absurdo por alcanzar lo que no se llega ni a rozar con la punta de los dedos: aquí no hay ni alma ni propuesta y casi que ni estética. Otra que se salva es Carmen Pascual con una atrevida y original fotografía de Aguadulce retocada como la Preysler. Sus cuatro fotografías salvaron, junto a las de la Michelson la tarde anodina del sábado 20 de septiembre, gris y de fresquete en la que uno acudió al Arqueológico creyendo conocer mejor nuestros pueblos y luego, pensando que al menos los disfrutaría descartada la primera opción, terminó por salir totalmente decepcionado. Allí sólo están las fotos que un grupo de amigos ha conseguido colgar en las paredes de la sala de exposiciones temporales de un museo de una ciudad de provincias. Puede que suene a mucho, pero luego no deja de ser lo que es. ¿Lo bueno? Que este grupo nos ofrecerá mejores exposiciones otro día.

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Hoy (25s) a las 16 h. La gente que había en el pabellón Moisés Ruiz para el casting de Clavius.

Podando las palmeras de la plaza de la Catedral. Viernes, 22 de agosto de 2014.

Pierre Gonnord viste modelos y desnuda almas en el CAF

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El Centro Andaluz de la Fotografía (CAF) ha traído a su segunda planta ‘El sueño va sobre el tiempo’, una colección de más de 30 enormes retratos realizados por Pierre Gonnord a gitanos de las 3.000 viviendas (Sevilla) y el Alentejo (una región del centro de Portugal). La muestra es un resumen de la que elaboró el año pasado para el centro de arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada y ha sido comisariada por Carmen Fernández que la vende como «un viaje iniciático, una experiencia íntima y cercana que nos introduce en una vivencia poética, como el propio título de la muestra». Lo del verso de Lorca que mucha más gente conoce por el disco de Camarón que por la surrealista Así que pasen cinco años que lo contiene es gracioso aquí. Gracioso e innecesario. Poco Lorca va a encontrar el que se acerque a la muestra atraído por el canto de sirenas de sus versos y ni falta que hace aquí Lorca. La verdad sea dicha. Quizá todo venga del tópico romántico del que ni siquiera Gonnord se puede despojar aun llevando aquí, en España, media vida. Él lo trata de explicar en un vídeo/entrevista a la entrada y frente al que muchos asistentes pasan con premonitoria indiferencia. Hacen bien; no es, ni de lejos, la mejor entrevista a Pierre Gonnord. Eso sí, tiene el aliciente de escuchar su español claro y algo hipnótico. En él habla del título, del verso, y se le escapa un Lorca como si pareciera imposible hablar del pueblo gitano sin mencionar al poeta cuando ya ves tú. En fin, habla de la pasión de ambos por el pueblo gitano desde la lejanía romántica de sus respectivas posiciones y del arte de retratar y aquí ya sí dice algo interesante: explica mucho de lo que hay luego en papel, adentro.

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Él, añade, convive con el grupo pero no le interesa todo el mundo. Y es en ese precioso diálogo que surge entre algunos individuos del conjunto y su interés por contarlos a todos a través de unos pocos donde nace el retrato magnífico que es llevado al extremo delicioso de la brillantez de los de retratos de Gonnord: los contenidos en esta muestra y los que le han precedido en su carrera hacia ella. Dice que tarda, que se toma su tiempo, se gana la confianza de los retratados hasta el extremo de que en muchos casos son ellos mismos los que piden ser objeto de sus exploraciones. En este terreno, Gonnord se muestra inmensamente humano al evitar a toda costa el complejo de su interlocutor. Quizá eso explique la dignidad de sus retratos, una dignidad presente en tullidos, tarados, ancianos y unos niños como castigados por la vida. ¿Qué trata de decirnos centrándose en los vulnerables?

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Gonnord comenzó ayer, como quien dice, una búsqueda del alma del siglo XX a través de los rostros que le han ido interesando en la vida. Lo que pasa es que en los pliegues de la piel se ha ido apareciendo el alma de más siglos. Hay mucho XIX en su City (serie de retratos realizados en Nueva York en 2001), mucho XVIII en sus mineros asturianos de Terre de personne (2012) y mucho XVII en ésta exposición que nos ocupa. Pero Gonnord no se está quieto en el tiempo retratado y también tiene mucho siglo XXI en Far East (Japón, 2003). Por ejemplo. O para ser más precisos, hay mucho-todo-eso en toda su obra. En internet se encuentran algunas entrevistas en las que le inquieren por su carácter de fotógrafo barroco. Él se desmarca aunque reconoce el gusto por el barroco como adjetivo (esto último lo añado yo) porque «habla de la esencia del ser humano celebrando la materia». La respuesta no la entiendo pero vale para apuntalar la tesis del preciosismo barroquizante de los rostros que muestra. Cicatrices, tatuajes, arrugas o suciedad parecen los ingredientes necesarios para la receta perfecta que busca Gonnord: «un acercamiento a personajes considerados como ‘outsiders’ por la sociedad: vagabundos, presos, monjes, yakuzas, geishas, bandas urbanas, ciegos, enfermos mentales… Y más recientemente se ha acercado a comunidades y minorías étnicas como los gitanos o pueblos de los Balkanes y del Magreb». ¿Retratos sociales? En la prensa de provincias, dada históricamente a vivir de las notas de las agencias, dicen mucho eso cuando se trata de anunciar una exposición suya pero todo el mundo sabe que la prensa local (a veces hasta la nacional) no está para pensar —ni siquiera para interpretar— sino para divulgar los productos que cada cual quiere vender. De ahí que si dicen retratos sociales, ellos publiquen retratos sociales. ¿Y lo son? Yo diría que no.

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Para explicar —o entender— la obra de Gonnord sirven tres datos: economista en París deja todo ¿por amor? y se viene a Madrid, fallece su hermano y se refugia en la fotografía y es becado por no sé qué ministerio francés para irse unos meses a Japón. «Irme a Kioto me dio la oportunidad de estar solo y de pensar solamente en fotografía. Así que salía a la calle con una bicicleta a buscar personas que no fueran de mi entorno. Me adentré en barrios desconocidos» le dijo a Luisa Segura Albert hablándole de su Nikon F3, su primera cámara. Cronológicamente lo mismo la cosa no es así pero importa poco. Baste tener en cuenta su carácter emigrante, la fotografía como tabla tras el hundimiento y lo desconocido como objetivo para comprender su obra. Una obra individualizada —como sólo el retrato puede serlo— pero que es a la vez muchas cosas porque «habla de lo particular, pero también de lo que es común a todos». Así las cicatrices son singulares, personales, cada punto en una herida, cada cuenca vacía y cada mililitro de tinta en la piel tras cada tatuaje nos dicen mucho de quien posa con ello pero más de todos los demás. Cada retrato es hijo de su tiempo, del tiempo de todos los que cohabitamos con Gonnord. Ahí la radical importancia de su obra, no tanto por contemporánea —que también— sino por coetánea. Si eso es social, vale. Si por social entendemos la denuncia, entonces no. Porque Gonnard no se recrea en la miseria. La muestra bella, digna o como la quiera ver cada espectador pero el caso es que la muestra. Le da visibilidad. La sube a la superficie. Sin afán de denuncia (allá cada cuál y allá cómo se enfrente a cada obra) y sí, más bien, de cuestionar la época que nos ha tocado vivir a modelos, fotógrafo y espectadores.

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Gonnord se esfuerza en su obra por no condicionar ese diálogo, por mover a una reflexión serena a partir de unos sujetos descontextualizados como él mismo defiende: «he decidido voluntariamente borrar el contexto, no mostrar el entorno. Mi ritual ha variado muy poco desde sus inicios y parece que, a pesar de senderos emprendidos en territorios muy dispares, repito la misma foto una y otra vez». Así es. A ello ayuda mucho (puede que hasta todo) el empleo de esos fondos más que oscuros, abstractos que, a poco que se escarbe en la bibliografía en torno al autor, son dispuestos en estudios ‘improvisados’ « generalmente en la casa del modelo, en su lugar de trabajo, en su territorio, con flash o luz natural». Luz que, por cierto, merece un monumento tratada por Gonnard. Su empleo, casi siempre procedente de un único punto, es inteligente. La recompensa es una atmósfera extemporánea como sacada de las retinas de Rembrandt  o Velázquez enfrentados al rumano que hoy mismo te ha podido estar lavando el parabrisas en un semáforo. La comparación no es gratuita. El propio autor no esconde su fascinación por ambos: «me gusta porque son pintores en los que es elogiable la economía de medios. Yo intento algo así, con un foco y un fondo negro».

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Tal economía traslada por comparación/oposición a la obra de Larry Fink, otro divino hacedor de juegos de luces a quien también hemos podido ver en el CAY y de quien es imposible no acordarse contemplando a Gonnord. Ambos estilos no se parecen en nada pero el resultado de la luz en sus manos, a través de sus ojos, procesada por sus lentes y sus máquinas es igual de estimulante y bello. El neoyorkino en su huida de la iluminación frontal con esos posibles primeros planos oscuros y una inquietante claridad atrás gracias a un flash en tele con un angular y el francés con un resuelto camino de surcos por las mejillas, hondonadas en los hombros y bolsas en los párpados. Claroscuros colectivos de uno, individuales del otro e inquietantes ambos. A pesar de la serenidad que desprenden los rostros de Gonnord. Hay ojos grandes, expresivos, otros como ausentes pero todos sinceros. Y serenos. Quizá como una azarosa recompensa a la extraña búsqueda emprendida por Gonord hace años cuando se lanzó a la aventura de retratar desconocidos. Esa fue su tabla de salvación y con ella, curiosamente, también nos redime a los demás. «Hay una teatralidad que se ha perdido en el retrato actual o, para ser más exactos, que ha ido por otro sitio y que muchas veces es más artificiosa». Quizá por ello, para evitar esa artificiosidad, Gonnord ‘despacha’ rápido los envites. Trata de «ser suficientemente disponible y receptivo para poder captar lo esencial en menos de 5 minutos y 20 disparos». No es sencillo.

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No es sencillo obtener resultados expresivos del nivel de los que la pintura consigue en semanas de trabajo. Baste un dato, anecdótico y casi de exagerado pero cierto: Antonio López, el conocido como maestro del realismo, lleva más de 20 años para completar un retrato de la Familia Real. Todos sabemos que la fotografía nació como contraposición a la pintura por, entre otras cosas, la inmediatez de sus resultados de ahí que obtener los mismos que con la ella (aunque por medios diferentes) sea de un notable reconocimiento. Pierre Gonnord lo consigue. Acérquense al libro que el jerezano Juan Bonilla ha escrito sobre él, échenle un vistazo a sus retratos, ya no sólo en esta exposición, sino cualquier otra, o búsquenla por internet. Háganlo y tengan en su memoria más inmediata, más a mano, los pintados por Velázquez cuatro siglos antes: Luis de Góngora, el infante don Carlos, el bufón Calabacillas, Juan de Pareja, Ferdinando Brandani o el bufón don Sebastián de Morra. Con los famosos basta. Igual que con los de Rembrandt  (como el de Saskia van Uylenburgh) aunque con el holandés se de la circunstancia curiosa de que lo más cultivado fueran los autorretratos. Sería interesante aunar la maestría de todos los genios que desfilan por la memoria ante cada fotografía de Gonnord y soñar con un autorretrato del fotógrafo que viste modelos y desnuda almas.

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Una cornisa, parte de ella, se desprende del número 93 de la calle Murcia, un edificio viejo (que no antiguo) y feo de cuatro plantas de tanto viento que le estaba pegando. Imagino que aquello se caería de más cosas, unas que le sobran al edificio y otras que le faltan, y ninguna buena.
Miércoles, 21 de mayo de 201413:35 h

Una cornisa, parte de ella, se desprende del número 93 de la calle Murcia, un edificio viejo (que no antiguo) y feo de cuatro plantas de tanto viento que le estaba pegando. Imagino que aquello se caería de más cosas, unas que le sobran al edificio y otras que le faltan, y ninguna buena.

Miércoles, 21 de mayo de 2014
13:35 h

Una tuna mexicana con su acento y sus sombreros de charros

Hoy (15 de mayo), día de diario como si los sábados no lo fueran, había por el centro una tuna de México con tunos mexicanos y uno con una bandera que ponía algo así como Tuna Real del Potosí. De platicar con ellos a uno se le ha quedado el verbo y el dato: la tuna de ciencias de Granada ha organizado por quinto año el encuentro mundial de tunas (mundial, ¿eh?) en Mojácar que es donde, al parecer, lo hace siempre. Y por eso lo de esta exótica tuna que andaba esta ventosa mañana por el centro grabando con sus teléfonos y sus cámaras las piernas de las mujeres y algunos edificios.

www.tunadegranada.es/encuentromundial

El lunes (12-mayo) Unicaja trajo a Pablo Berger dentro de sus encuentros con directores. Fue en el teatro Cervantes, se proyectó su Blancanieves (13 Goya) y después algunos se quedaron para hablar con él.

Presentado el logotipo del milenio del reino de Almería

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La ciudad tiene más años pero lo que ahora se festeja es que a Jayrán al-Amiri se le ocurriera convertirla en la capital de un reino en julio de 1014. Ahí es nada: el reino de Almería. Y aunque el milenio pilló a los que manejan los cuartos con el pie cambiado y todo hacía presagiar la debacle celebrativa pues, oye, no. Por ahora la cosa va con la dignidad debida y el otro día, el 7 a las siete (el 7 de junio a las 19 h) se presentó el logotipo. Una muy buena propuesta que se ha alzado con la ‘victoria’ en una encarnizada y colorida lucha representatitva contra otras 15 que se han quedado en el camino. De las otras apenas conozco un par de propuestas que, sin ser malas, yo también comparto que la que ha ganado es buena, bastante buena. Vamos, que es mejor. Su autora, María del Carmen Vizcaíno (fotografía), explica así ‘las cuatro referencias que contiene su propuesta: la M de Milenio, la referencia monumental a la Alcazaba, la referencia al origen de Almería, cuyo nombre proviene de ‘torre’ o ‘atalaya’ y una referencia geográfica, con la simulación bajo la M de la Bahía de Almería’.image

Llevaba dos días muerto. El equipo que se encargó de sacarlo del agua nos dijo que se trataba de un delfín mular, le miraron los dientes amarillos y determinaron que tenía 18 años. Y que no había vivido nada mal. Era un macho de unos 180 kilos que, aparentemente, había muerto por causas naturales y que en vida había dispuesto de nosécuántas hembras. El domingo amaneció flotando en la boca del río. Estos son los delfines que apenas a 100 o 200 metros de la costa te encuentras saltando entre las embarcaciones si tienes algún conocido con barco que te invite a pasar el domingo o si vas o vienes en el ferry. También los ves y mucho por la piscifactoría esa que hay a la altura del Cañarete en la que se crían lubinas y doradas, porque de las caballas que les llevan para alimentarlas comen también (y mucho) estos mamíferos que, junto a los humanos, dicen que son los únicos animales que (aparte de para procrear) mantienen relaciones sexuales por placer. El que pueda, claro.